¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

9 abr. 2012

Teoría de la felicidad.

- Son las 2:54 de la noche del Lunes 9 de Abril. Damos comienzo al interrogatorio a Don Fernando Cañete Lozano, imputado por un delito...
- Ahórrate los detalles, por favor, no queda poético.
- Por el bien del interrogatorio, y por el suyo propio, le convendría no hablar hasta que yo le pregunte.

Un largo silencio invadió aquella habitación gris. Con la única luz que otorgaba un halógeno colgado del techo, se podía distinguir una mesa en el centro de la sala. Dos sillas, un cara a cara. Estaba sentado. Mi rival estaba de pie, pretendía intimidarme. Decidí perder mi mirada en el horizonte, observé las esquinas; una cámara en la esquina sureste, otra en la noroeste. La cristalera negra que quedaba a mi derecha, otorgaba un vago reflejo de aquella escena que parecía sacada de alguna historia fantástica... en el sentido ilógico de la palabra.

- ¿Ha entendido señor Cañete?
- Por supuesto, no soy imbécil aunque no lo creas. Si no te importa, podrías no volver a decir lo de señor, me hace sentir... - el retumbar de aquél puño rival contra la mesa me impidió terminar mi discurso. Me odiaba, podía verlo en sus ojos inyectados en rabia y furia. Los que me miraban desde el más allá (la parte trasera del cristal oscuro) me odiaban casi de igual manera, o quizá más y por eso preferían no mirarme. Yo les odiaba a ellos, a todos, tenía miedo de hecho allí encerrado. Era un gamusino cazado en aquel momento, tan extraño como imposible, pero por fin cazado. Sonreí. Respiró hondo. Me miró. Prosiguió.

- ¿Viejo? No recordaste tu edad cuando hiciste lo que hiciste, no te importó aparentar una madurez que no tienes.
- Cachondo, iba a decir cachondo. Pero sí, también me hace sentir viejo, omítelo, por favor - mantuve una sonrisa que acentué al final de aquella frase - Y, por cierto, discrepo, nunca he aparentado nada. Sería una real estupidez aparentar tener algo que tienes, ¿no lo crees?
- Tu arrogancia no te va a traer nada bueno.
- Discrepo, mi arrogancia me mantiene vivo, de no ser...

No pude terminar aquella frase, su mano se lanzó veloz contra mi rostro, con tanta ira que nos tumbó a la silla y a mí. Caí de espaldas contra el suelo, obviamente, no fue una caída placentera. Los dolores de espalda que siempre me causan problemas comenzaron a recordarme su existencia. Mi nariz también quiso un papel protagonista, y una ráfaga de punzadas de dolor me hicieron intentar retorcerme de dolor (lo cual, era difícil estando esposado a aquella silla infernal).

-¡Joder! - aquella expresión se convirtió en un alarido disimulado de dolor cuando conseguí aguantar las lágrimas. Se situó detrás mía, y volvió a levantar mi silla - Está muy feo que me tutees, ¿lo sabías? ¿No te han enseñado modales?
- Cállate la puta boca, ¡Dios! Eres sumamente pesado - una carcajada brotó en forma de protesta desde mi interior. Sabía que estaba jugando con fuego, pero debía ver hasta donde podía llegar, donde estaba su límite.
- Evitaré comentar esa clara discriminación hacia mi peso.
- ¿Dónde estabas la noche de los hechos? - su gesto frío, calculador y sobre todo serio, me hizo plantearme que la estrategia no estaba dando sus frutos. Decidí pasar a la defensiva, seguir el juego.
- Estuve en casa, solo, como siempre.
- ¿Tienes alguien que pueda corroborarlo?
- ¿Eres idiota? Estaba solo... ¿quizá no había nadie?
- ¿No hablaste con nadie? ¿No te llamó nadie?
- Rotundamente no.
- Qué pena me das... ¿por qué estabas solo en tu casa?
- No tenía ganas de salir.
- ¿Por qué no?
- ¿Cuántos pelos tienes en la cabeza? - Conseguí cazarla en fuera de juego, una sonrisa se dibujó en su rostro. No tenía tan controlada la situación. Nunca lo había tenido, valgo demasiado.
- ¿A qué viene eso?
- Lo siento, acostumbro a responder con preguntas inútiles a preguntas inútiles. No lo sé por qué no tenía ganas, no las tenía y punto.
- ¿Te pasa a menudo? ¿Acostumbras a no salir?
- Sí, y a la segunda no. No suelo tener muchas ganas de nada en general, pero suelo llevarlo bien, me gusta hacer reír a la gente cuando estoy triste, me hace sentir mejor.
- No te he pedido que me cuentes tu vida. ¿Te consideras una persona alegre o graciosa?
- ¿A qué viene esa pregunta? ¿Estás intentando ligar conmigo? No es el mejor lugar, aunque siempre me gustó hacerlo con gente - me miró a los ojos. Se acercó lentamente sin perder mi mirada. Se agachó, lentamente, hasta que ambos campos de visión se fundieron en un solo intercambio de imágenes. Acercó sus labios a los míos, lentamente, como en un susurro multiforme. A mitad de camino, redirigió aquel rumbo, y los acercó a mi oído.
- Prefiero morir antes de estar con un cerdo como tú.
- Me pone muchísimo que me digas guarradas al oído - había acercado mis labios también a su oído. No sabía qué estaba haciendo realmente, había perdido el rumbo, no sabía como defender, como salir ileso de todo aquello. 

Se alejó de mí, y salió por una puerta situada a mi espalda. Debido a mi posición, no había sido consciente de la puerta hasta ese momento. Lo consideré un fallo, que podía haber estado jugando en mi contra todo ese tiempo. Debía pensar rápido, podría volver en cualquier momento. No sabía ni de qué me estaba hablando, a qué venía todo aquello. Pensé, qué podía haberla dañado, qué podía haberla llevado a hacer todo aquello. Había puesto la mirada de la gente que conspira en mi contra, de la noche al día.
No recordaba haber llegado allí, ni como, ni cuando ni por qué. Entendí, o quise entender entonces que aquella sala era a-temporal. Tenía miedo, y comencé a sudar por las manos. ¿Qué iba a ser lo siguiente? Tenía la sensación de que iba a descubrirlo pronto.


- Son las 3:31 de la noche del Lunes 9 de Abril. Proseguimos el interrogatorio al escritor Fernando Cañete Lozano.

- Gracias por omitir lo de Don, señor y demases, me gusta mucho más lo de escritor - su lengua vespertina me dañaba a cada palabra que decía. No lograba entender como después de tanto como me había hecho, tanto dolor, tanto sufrimiento y tantas noches en vela pensando en él, podía mantener aquella arrogancia tan suya. Si de verdad me quería, no era capaz de imaginar por qué siempre se mantenía a la defensiva, por qué tenía una excusa para todo. No era capaz de abrirse, ni de expresar nada de lo que aquel caos de cabeza procesaba. Era el momento de ir al grano, de sonsacarle la verdad. Aunque no sabía como... él me dominaba, siempre lo hacía. Sabía como huir, necesitaba el plan perfecto, la trampa mortal, algo donde no pudiera construir una defensa sólida. Tocaba jugar a su juego.
- ¿Por qué? - lo había conseguido, le había dejado en fuera de juego. No se esperaba aquello. Me miró, fijamente, con semblante serio. Pronto sacó su sonrisa de yena... tocaba volver a remar.
- Verás, mis padres estaban borrachos, y decidieron que la mejor manera de recordar aquella noche era trayendo un retoño al mundo. Y bueno, podría explicarte como fue, seguro que tú lo sabes mejor que yo de hecho, pero al cabo de nueve meses nací yo.
- Desgraciadamente.
- Desgraciadamente, ¿qué? - Ahora sí, había dado con la tecla.
- Dímelo tú.
- No sé, no entiendo por qué dices que follar mucho es una desgracia, más de uno quisiera, créeme.
- La desgracia es que estés tú aquí para no entenderlo.
- Pues, si tan mal te sienta mi presencia, déjame ir - la sonrisa había desaparecido completamente.
- Vete. Yo te suelto y te dejo marchar, pero aunque soy yo la que pregunta, eres tú el que necesita respuestas. Y por eso mismo, no te irás, porque eres incapaz de concebir la idea de no entender algo, de no entender por qué estás aquí. Vete, será tu elección.
- Te sienta muy mal esa forma de expresarte, ¿lo sabías? Hablando como yo... muy mal, está muy feo eso. No pretendas ser yo, ni actuar como yo, a parte de que no podrías, no te queda bien.
- Ser una rata como tú es bastante sencillo.
- Te recomiendo no hablar de lo que no sabes. No tienes ni puta idea de lo que sup...
- ¡Por supuesto que no la tengo! - habíamos llegado al asunto, estábamos dentro; había comenzado la guerra.
- ¿A qué coño te refieres ahora? - su tono se calmó, su cabeza iba a mil. Ahora mismo, era una bomba de relojería a punto de estallar.
- ¿Cómo quieres que sepa lo que piensas, si cada día que pasa te conozco menos? Con todos tus putos secretos, tus cambios de humor repentinos, con tantas discusiones que tienes con todo el mundo, con todo lo que escribes, con las veces que te metes en tu mundo y no hay quien te saque, en serio, ¿alguien tiene alguna puta idea de quién eres? - se hizo el silencio. Había comenzado a caer una lágrima por mi mejilla, y decidí marcharme en aquel momento. Una última tregua. Me fui hacia la puerta, y observé como él no me seguía. Había perdido su mirada, estaba como vagando en el Limbo, en su mundo, siempre en su mundo...




No lograba entender todo aquello. ¿A qué venía ese ataque? ¿Por qué me atacaba ahora de esa manera? No era distinto a como me conoció, ella sabía lo que había, ¿qué culpa tenía yo de sus rayadas? Respiré hondo, lento y pausado un par de veces. Me estaba dejando llevar por el ego, por la ansiedad de una derrota... no, lo estaba planteando mal. No era una batalla. Era un corazón abierto dando golpes de desesperación a uno cerrado. 
Y ahora... ¿qué? ¿Cómo iba a terminar aquello? Quería abrazarla, nunca me había gustado verla dolida, quería decirla mil cosas, llevábamos mucho tiempo juntos, era parte de mi vida, era mi vida. Y yo era la suya... y la parte cancerígena sin ir más lejos. Debía solucionar aquello. 
Escuché el chirriar de la puerta. Comenzaba el último asalto.

Se sentó delante mía. Sacó de nuevo la grabadora.

- Son las 3:56 de la mañana del Lunes 9 de Abril. Última etapa del interrogatorio a Fernando Cañete.
Me da miedo formularla, pero debo hacerlo. ¿Tú me quieres? - aquella preguntaba necesitaba de una respuesta veloz, pero tardé quizá demasiado tiempo en responder.
- Sí - sonó fuerte, sincero y convincente. Me fijé en sus ojos... estaban bañados en lágrimas que no querían caer. Quería levantarme y fundirla en un abrazo, no soportaba verla así. Pero no podía, estaba maniatado a la maldita silla.
- Entonces, ¿por qué no confías en mí?
- Por supuesto que confío en ti.
- No lo demuestras...
- No es fácil, en serio... no lo es. Entiéndeme...
- Lo siento, no puedo. No sé qué narices te pasa para que estés siempre así, tan distante, tan bipolar - aquella palabras sonaban como pedradas en mi cabeza. Le quería demasiado, pero no podía seguir soportando tanto dolor como me causaba, siempre tan oculto... necesitaba algo más para poder seguir confiando en él. Parecía un completo desconocido cuando estábamos juntos.
- Son muchas cosas. Joder... no sé como explicártelo, hay guerras que tengo que luchar yo solo, son contra mí mismo, no puedes hacer nada. Ni tú ni nadie - era consciente de que eso no la iba a hacer gracia. No sabía como se lo iba a tomar, pero... en el fondo, estaba ocultándola que me daba mucho miedo todo, que el no poder entender tantas cosas de mi alrededor me tenía consumido. Deseaba contarla todo, sentirme libre, sentirme fiel..
- Necesito que me lo expliques, necesito saber que te soy útil, que no soy un lastre, que puedo ayudarte cuando lo necesites... - no era capaz de entender qué era eso tan importante que le amarraba a su soledad, incluso cuando estaba conmigo. Eso era lo que le hacía tan jodidamente difícil, el no saber en qué piensa nunca, el qué le incordia, el qué le duele. Yo necesitaba saber algo más de él, no esa falsa sinceridad que fingía tener, quería entrar en él, como él había entrado en mí. Necesitaba saber que podría devolverle las veces que él ha luchado por mí...
- Sinceramente, no sé qué decirte. Me siento un completo idiota, y ahora mismo sólo le doy vueltas a la posibilidad de perderte... y me aterra. Y, en el fondo, siempre es eso lo que me hace distante - tenía que sincerarme con ella, costase lo que costase - las dudas. Hay días que no tengo claro que me quieras, y eso me hace pensar en mil cosas. Además, la gente habla, la gente dice y dice, e intento no escuchar, pero me es muy difícil. Y a parte, estoy amargado con la vida que llevo, y eso me está haciendo perder lo poco bueno que tengo, que eres tú. Y, lo peor de todo, es que estaba tan sumergido en mi mundo, que no pude darme cuenta de que te perdía hasta ahora - solté una lágrima. Solía fingirlas, pero esa era real. Hacía tiempo que no lloraba.
- ¿Sabes una cosa? Yo no te traje hasta aquí, a esta sala, a este interrogatorio. Nos conocimos aquí dentro de hecho. Yo he venido a sacarte, más que eso, a ofrecerte la posibilidad de dejar esta prisión y venir conmigo, a fuera, a vivir, lejos de tanta apatía, lejos de la soledad y el tedio - le miré a los ojos, no me había fijado en que él también estaba llorando. Me quería, en el fondo me quería... y eso me hizo sonreír.
- Entonces, libera mis manos para que podamos irnos juntos - lo dije tan bajo que pareció un susurro, pero fui claro, fui sincero. Estaba dispuesto a salir de aquel lugar, a irme con ella, a vivir de su mano lejos de las malditas cuatro paredes de siempre. Ella me había rescatado.
- Pero... ese es el problema, yo no tengo la llave.
- ¿Entonces? ¿Quién la tiene?
- La llave para empezar a vivir Fer, la tienes tú.


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