¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

10 feb. 2014

Nada...

Una de esas noches en las que no sé qué hacer.
¿Entiendes? Te quedas parado, sentado, miras a la nada.
Pones la tele y al fin y al cabo no es más que ruido sobre ti, nada.
Andas de aquí para allá,
y tu cuarto al final es tan corto como tu ánimo,
aunque no estás triste.
Nervioso, apagado, cambiado.
No tú.
Tardes de domingo que son recuerdos de viernes, y de sábado.
Y de ella, y de ayer, y no eres tú,
y es la calma, la que falta, la que es volátil.
Y eres aire, y el aire cala, y el frío pesa, y el tiempo calla...

Ay señor... como pesan estas cadenas que portamos los dos sin buscarlas ninguno.
Supongo que el lugar se predefine y sólo decidimos el tiempo que gastamos en él,
y al final la rutina se convierte en comparsa y nos encontramos,
y te sorprendes, y me sorprendo claro, pero es fingido.
Siempre lo es, siempre lo ha sido.
Y en el fondo duele, más que duele jode, que seas tú y no yo la que acaba anclando el alma, y yo hincando rodilla, y tú sintiéndote libre y yo,
yo siempre sigo aquí, donde siempre me dejaste, apartado,
en el estante de tus clásicos; recuerdos que nuca relees porque el pasado es historia,
y la historia la cuentan los vencedores y tú no perdiste nada,
y yo aún caído sigo defendiendo los mismos colores...

Pero si relees cada uno de aquellos códices,
aquellas láminas que nunca entendiste como tuyas;
si entras al ruedo de lo que entendemos y abrimos el telón,
y tu cara de asombro termina reflejando esta relación que por fatídica que fue, es muda.
Igual tú no vuelves a ser la misma, y yo vuelvo a dormir tranquilo,
y acabamos derrocando a los estigmas que sólo yo parezco haber sufrido.
Por cobarde, por ingenuo, por niño.

Porque sigo siendo valiente para salir a un escenario,
pero no para recordarte que sigo vivo.