¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

7 ago. 2011

Fuego.

Hay fuegos que se apagan cuando titubea su llama,
cuando el aire le arropa y le aleja de su inmensa eternidad.
Hay fuegos que se apagan con la más pequeña lluvia,
hay fuegos que no alumbran a la triste soledad.

Fue la flama del amor la que consiguió despertarme,
de un estúpido fraude, trance, de la alquimia.
Hice mágia con cada palabra que te dediqué,
hice desaparecer la lógica, cambié las corrientes del viento,
paré el tiempo de su compás.

Gané la batalla contra aquellos molinos, loco me llamaron por que no supe rezar.
Me quemé con el calor que la tristeza desprendía,
y vio como me movía, con que soltura corría; escapaba de sus besos una vez más.
La llama se tornó en incendio, deshelando el polo, congelando mi realidad.

Búscame entre las ruinas de alguna bella ciudad, entre escombros y cachibaches,
búscame en la oscuridad. Si ves que no me encuentras no grites demasaido,
no me hagas despertar.

He coleccionado en pequeños frascos, retales de tu aroma.
La esencia que me dio la vida cuando tú misma me la quitabas;
fue una tortura, sentir como no pasaba nada entre tanta velocidad,
como el jaleo que provocaba mi malestar, nunca se esfumaba.

Me evadía del dolor recordando el ayer; un ayer dañino que me hacía volver a caer.
Sentir como la envidia acorralaba a mis sentidos, y como el olvido no terminaba de llegar.
Me seguía quemando con cada nuevas sensación, y en mis pesadillas, sólo gritaba fuego; era el fuego de la pasión.

De una pasión que jamás lleno mi alma, me llené de ases las mangas,
para romper con mi ilusión.
Mira como me quemo, como me quema este sol, y este solo de guitarra, como quema mis dedos.
Como hasta el fuego se alejó al verme emanar calor, como con su inmensa brevedad, desapareció.

Fuego gritaba en mis pesadillas, pues tu tacto me quemaba.
Fuego blandía por el día, pues tu número mi móvil quemaba.
Gritaba fuego cuando escribía, pues tu nombre mis dedos quemaba.
Fuego mis ojos desprendían, pues tu recuerdo mi mente hacía arder.
Y tras verte marchar, todo lo que quedó fuego fue, y aún hoy grito;
fuego, fuego, déjame tranquilo desaparecer.

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