¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

5 ago. 2011

Fragmento de mi primera novela; "El Traductor"

Se hizo un silencio incómodo, que Daniella remató con un entrecortado bostezo.
- ¿Estás cansada?
- Hoy ha sido un día largo, estar tanto tiempo en comisaría me ha terminado de matar.
- Te llevo a casa si quieres. Voy a pagar un momento y nos vamos.
- Podrías acompañarme sí, por que no creo que sepa salir de esta calle si no me guías – dijo ella mientras Patrick se levantaba para ir a pagar. Aquel tono le había puesto hasta nervioso, y mientras marchaba hacia la barra, miró a los ojos de Daniella en el mismo instante que ella le miraba a él.
Apartó rápido la mirada en un acto reflejo, y se dirigió hacia donde se encontraba José, el dueño del bar, para pagar la cena.
Le saludó, y tras comentar lo exquisita que estuvo la cena, José le pidió que esperar un momento en la barra mientras él hacía la cuenta.
Acató la orden, y apoyó ambos brazos sobre la barra del bar, esperando pacientemente a que quisieran cobrarle.
Consiguió perder la mirada, fijándola en la pared que tenía delante, entre buscando nombres por las botellas que llenaban las estanterías.
La vista se le nubló entonces, y un fuerte dolor le hizo doblarse, lo suficiente como para que se notara si alguien se fijaba en él. Recordó que Daniella estaba sentada de espaldas a él en aquel instante, por lo que podía ir hasta el cuarto de baño, y sufrir allí lo que fuese que venía.
Se apartó de la barra, y se dirigió como una exhalación hacia el cuarto de baño, que por suerte, en aquel momento estaba vacío.
Entró a la sala donde se encontraba el inodoro, apartado del lavamanos, y cerró el pestillo.
Tuvo el tiempo suficiente para pegar su espalda a la pared, y sentir como un inmenso dolor ascendía con asombrosa verticalidad desde su vientre hasta la garganta por el esófago.
El dolor le hizo hincar las rodillas en los azulejos del suelo, con tanta violencia que observó como resquebrajó una de las baldosas sobre las que ahora reposaba su peso.
Entrelazó los brazos a la altura del estómago, intentando apartar con las manos un dolor que yacía en su interior, y que era consciente de que no provenía de su propio cuerpo.
Sintió unas terribles ganas entonces de vomitar que no pudo reprimirse, y a duras penas, consiguió acercase arrastras hasta el retrete. Una voz emergió entonces de su interior, que intentó controlar pero se vio incapaz, yacía como inconsciente, con el cuerpo completamente contorsionado como si quisiera hacer el pino-puente, pero aún sentía aquel dolor, y escuchaba aquella voz dentro de su cabeza; seguía despierto a pesar del dolor.
- Sé quien eres Patrick Muller – escupía las palabras intercalándolas con largas inspiraciones, que daban paso a aquella voz rasgada y anciana que ahora era de Patrick – te encontraré, no tienes donde esconderte ni a quien acudir. No volverás a despertar cuando te tenga.

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