¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

24 sept. 2011

Teoría del amor.

Antes de comenzar la narración, perdón a los que les gustan los relatos con más acción, misterio o intriga, pero últimamente sólo se me ocurren éstas cosas! Comencemos pues;

No concebía aquella noticia, sus oídos no daban crédito a aquellas palabras que debían ser mentiras.
Llevaba sin hablar con ella a penas tres días, y de repente, se marchaba.
No lo sabía por ella, Daniella no se había atrevido a decírmelo, como siempre que ocurría algo importante, como siempre que de verdad tenía algo que decirme, más allá de los meros compromisos cordiales que se llevan en una amistad.
Con el tiempo, había terminado aceptando que demasiado contacto conmigo le daba miedo, le asustaba la idea de llegar a quererme, o de que yo la quisiera, no estaba muy seguro.
Pero oír de boca de Francis aquella historia, su futuro viaje en apenas dos días a Perú, que pensaba dejarlo todo para irse con sus padres, que huía de aquí… ahora, se cae una lágrima recordando aquel agridulce momento.
En un principio, la noticia me defraudó enormemente; ¿qué sientes cuando se marcha un ser querido, la chica a la que amas, o el chico con el que pasarías el resto de tus días?
El saber que vas a perder a la persona que más te importa sobre esta tierra, por no haber sido capaz de atreverte a decirle lo que sientes… me estaba muriendo dentro de mi impotencia, de mi cobardía.
Siendo sinceros, aún hoy por hoy sigo sin saber porqué huyó de aquel pueblo, porqué emigró, y eso que de vez en cuando aún hablamos, pero ya no es lo mismo que era.
Decidí entonces, con mi impotencia en un puño y la rabia que se siente al darte cuenta de que el amor, no te corresponde, en el otro, pasar de ella.
No se merecía tanto sufrimiento, Daniella no valía la pena, hay más peces en el mar, ¿no? Si ella no me mostró nunca afecto, ¿porqué narices iba yo a sentirme mal por su marcha?
Ese discurso se lo creyeron mis amigos, que me vieron de nuevo fuerte, álgido, luchador.
Yo, no.
Aquella misma noche, no dormí.
Di un millón de vueltas en la cama, seguramente fue el ganador de la carrera aquella noche, pues pensaba que tú no darías las mismas que yo, ni por asomo.
No te veía preocupándote por mí, por lo que yo pensara, por lo que yo sentía.
A la mañana siguiente, no salí de mi cuarto más que para ducharme.
Y en la ducha, me derrumbé.
Recordé que con otros había sido más fácil, les habías dejado entrar sin más.
Y a mí, se me cerró una puerta que luché más que nadie por abrir.
Lloré de nuevo, pasé la mañana llorando, sin fuerzas para anhelar, sin fuerzas para luchar, para pedirte que te quedaras, para hacer nada más que morir… y lo entendí, no quería que te marchases, no quería perderte. Comprendí que el amor es eso, no tener dudas que se ama a una persona, de perdonarla cualquier cosa si te vuelve a sonreír, si te vuelve a mirar, conformarte con tenerla sin besarla, con que ella te abrace cuando menos lo esperas, cuando ella te recuerdo, incluso creyendo que se fue, que sigue pensando en ti.
Llegó la tarde, y decidí salir.
Llamé a Francis, claro, ¿quién si no iba a estar a mi lado?
No hablé con él del tema, y gracias a Dios, él no lo sacó, ni hizo intento de sacarlo.
Simplemente, dejamos que aquella noche muriese, entre el silencio que produce la risa, el silencio metafórico que siente tu corazón me refiero.
Después de aquella última cerveza, no recuerdo nada la verdad, no recuerdo que pasó por mi cabeza, no entiendo porqué salí corriendo, a galope.
Crucé calles como el que pisa briznas de césped en un jardín.
Llegué a su casa, ella nunca me la enseñó, pero sabía donde estaba; me había informado.
La puse un sms antes de llegar; “baja a la puerta”.
Dos minutos después, allí estaba ella, abriendo la puerta de su portal.
La miré un momento, a los ojos, y ella también, lo notó, bajó la mirada, y con gesto desafiante preguntó; ¿qué pasa?
- Me han dicho que te vas mañana.
- Sí, a Perú – aquella respuesta, le sentó como una puñalada.
- Vaya, qué bien. ¿Cuando tenías pensado decírmelo?
- Nunca – mantuve aquel silencio, esperaba algo más que aquella respuesta – no tenía pensado decírtelo.
- ¿Sabes? no tengo ni puta idea de a qué viene esto, pero no me gusta.
- Viene a…- no la dejé terminar.
- Me da igual lo que pienses, me da igual que me duela lo que duela, me da igual todo por una vez. Mira, desde el primer momento que llegaste aquí, me enganché a ti.
- No sigas por favor…
- Por una vez, quiero serte sincero. Me encanta tu manera de mirar, me encanta que me busques con la mirada cualquier sábado por la noche, me apasiona saber que te informas por mí, que te intereso. Me encanta la música que escuchas, tu forma de vestir y de pensar, tu forma de hablar, tu manera de ser con cualquier otro que no sea yo. Me encanta tu colonia, me encantan tus manos, me encantas – comenzaron a caer gotas al suelo, a la misma velocidad que una lágrima se derramó por mi mejilla.
- Patrick…
- No te voy a mentir Daniella, hay días que te odio porque no sé nada de ti, y se convierten en abismos, no sé salir de los baches si no estás tú. No concibo una vida sin saber donde estás, que te vas. Daniella; te quiero.
- Yo a ti no, quiero que te vayas – me quedé helado, era fría incluso en aquel momento. Se suponía que ella también se sinceraría, aunque… debía aceptar que lo había hecho; me confundí, no me quería. Cayó alguna lágrima más, mientras la miraba incrédulo – Si no tienes nada más que decir, quiero dormir para mañana.
- Suerte en tu viaje, un placer haber coincidido contigo en esta vida – conseguí sacar entre sollozos, como si de un suspiro se tratase.
Me di la vuelta, no esperé a su reacción.
La amaba, y no podía soportar aquello. Intenté no derrumbarme del todo, tirarme al suelo y patalear, con las manos en el rostro seguir llorando.
Comencé a andar con paso lento pero decidido, firme y constante.
No era capaz de soportar aquel desprecio, aquel roto no lo podría coser en años, era demasiado duro.
Miré al frente, distraído, sumiso al control remoto que mis pies marcaban, la lluvia era todo lo que se oía, y mis pisadas matando al barro que había producido.
- Te quiero – un grito emergió entonces de la nada, un grito suyo, era Daniella.
Se giró, y allí estaba ella, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, con las manos en la boca, mirándome de frente. Para cerciorarse de que capté el mensaje, volvió a repetir aquellas palabras; Te quiero Patrick Muller.
Comencé a andar hacia ella, cada vez más deprisa.
Salió de la protección que la otorgaba su portal, y comenzó a correr también hacia mí.
Nos fundimos en aquel abrazo, que duró a penas unos instantes, pero que me pareció que compartía la misma propiedad eterna del Edén.
Separamos nuestras cabezas, y nos miramos a los ojos, juntando ambas frentes, ahora empapadas por la lluvia torrencial que a ambos intentaba ahogar.
Lo pensé seriamente, quizás un minuto, y entonces, de manera instintiva, me acerqué a sus labios.
Ella, dejándose llevar también, decidió corresponder aquel beso, que ahora era nuestro beso, nuestro momento de gloria, era el momento que tanto había ansiado.
Aún seguíamos llorando, mientras intentábamos recuperar aquel tiempo que habíamos perdido, asustados ambos por la idea de amar, de depender del otro, de aceptar una realidad que ambos temíamos, pero que ambos ansiábamos.
- No te vayas – susurré en su oído, cuando decidimos darnos un momento de aliento.
- Tengo que irme… ven conmigo – dijo tras un momento de silencio.
Nuestros labios volvieron a rozarse, volvimos a sentir aquel calor.

Aquella historia terminó como debía. No se puede poner freno a la vida; ella marchó a Perú, y yo me quedé aquí, velando por mantener en mi corazón su recuerdo; la esperanza de que ella existía, de que era posible.
Tras aquella noche, a veces hemos vuelto a hablar, cosas sin sentido.
Ella rehizo su vida, y yo, también.

No hay mayor dolor que amar sin ser amado, bueno, sí, amar y no saberse correspondido.
La sinceridad, a veces vence al miedo, y en ocasiones, salva almas del declive.

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