¿Y si mañana renunciara a todo aquello que equilibre la balanza?

12 nov. 2010

Mi primer relato corto (Cañete)

Buenas a todos! Que tal os trata la vida? Espero que se esté portando con vosotros mejor que conmigo jeje, pero bueno. Hace una semana me presenté al concurso de relato corto y poesía de la Universidad Carlos III, y me gustaría dejaros aquí los dos poemas que mandé (que seguro ya los conoceréis) y el relato. Un abrazo a todos!

http://www.eldiariodelperdido.com/2009/11/una-madre-que-se-va.html

http://www.eldiariodelperdido.com/2010/09/volveremos-al-pasado.html

Capítulo Primero

Las nubes se disiparon raudas esa mañana. Un sol color mostaza, bañaba la escena. Ella podría estar en cualquier lugar de aquel bosque perdido de la mano de Dios, y él era consciente de su impericia a la hora de saber buscarla. No sabía qué más rastrear, a quién más llamar, qué más gritar… se había adentrado, sin miedo a nada, abandonado, como quedó cuando ella se fue, pero ahora, toda esperanza de salvación parecía estar extinguiéndose.
Lentamente, se desperezó, de lo que había sido un sueño un tanto fortuito. Pasada la media noche, había terminado cayendo rendido a los pies de un árbol que, aunque no podría clasificarlo dada la falta de luz de entonces, estaba más que convencido de que no era allí donde había parado a hacer su obligado descanso.
Su cuerpo se encontraba en línea perpendicular al paso de un camino que, al parecer, estaba en medio del bosque, sin más motivo que el de permanecer.
Se incorporó tan rápido como sus doloridos brazos le permitieron, e intentó vislumbrar algo que pudiera serle familiar.
Entre la espesura de árboles que se encontraban escoltando el camino de barro y piedras, no se podía distinguir nada más allá de la segunda hilera. Decidió situarse en medio del camino, para ver si podía descubrir algo que le guiara, una señal, un cartel, algo que le pudiera llevar hasta ella. Pero su mirada se perdía en un horizonte tan lejano como la idea de que podría salvarla.
Tras disipar todos sus miedos y despejar todas sus dudas de la cabeza, le echó mano a su móvil, para poder ver que hora era, y, si con suerte había cobertura en aquel lugar, pedir ayuda.
El reloj que aparecía en el menú de su móvil, indicaba que faltaban escasos minutos para las seis de la mañana, lo que le extrañó considerablemente.
En invierno, por regla general en esa zona, el sol no salía hasta bien entrada la mañana, cerca de las ocho. Si eran las seis, y ya se podía recibir el calor del sol, eso quería decir que, o se había alejado demasiado de su pueblo, o que, efectivamente, era verano. Ninguna de las dos ideas le gustaba, puesto que ninguna suponía un argumento lógico que le pudiera sacar de ese embrollo en el que el destino, o quien hubiese sido, le había metido.
Comenzó a moverse por el camino embarrado, en dirección contraria a la posición del sol en el cielo. La senda parecía recorrer siempre una línea recta, que además de mostrarse infinita, cada vez se hacía más oscura. El sol, por su parte, seguía estando ahí arriba, alumbrando con todo su poderío aquel bosque, que tomaba demasiados tintes extraños, en muy poco tiempo. Volvió a mirar el reloj de su móvil, tras sentir que podría llevar, aproximadamente, tres horas caminando.
Cuando sacó su móvil, notó una presión en la mano, que le impedía extraerlo con la facilidad de antes. Le costaba, como si el móvil pesara cinco kilos de más, o como si a él ya no le quedaran fuerzas siquiera para sacarlo. Tras hacer un esfuerzo, consiguió ver la hora. Para su sorpresa, no habían pasado tres horas. Ni siquiera media. Su cara de asombro parecía reflejar con exactitud lo que el móvil quería contarle. Quedaban escasos minutos para que el reloj marcara las seis de la mañana. Llevaba horas caminando, puede que días enteros, y no había pasado ni un mísero minuto. Este hecho terminó de minar su moral. Estaba cansado, y detuvo sus pasos.
Se sentó, tirando el móvil a uno de los lados del camino. Sin quererlo, se acordó de ella: de su cara, de sus palabras. Recordó el tacto de su pelo entre sus manos, sus brazos rodeando su espalda. ¿Y sus labios?… No, no conseguía acordarse de sus labios. Sabía que la había besado, estaba convencido, pero no conseguía recordarlo. Eso le provocó un sentimiento de ira, que le hizo estallar del todo. Comenzó a gritar, maldiciendo su vida, maldiciendo su suerte. Ahora, la rabia se apoderaba de él. Odiaba ese camino, odiaba esos árboles, odiaba ese bosque, y ante todo, la odiaba a ella. Era por ella por lo que estaba allí encerrado. Entró dispuesto a liberarla, a traerla de vuelta, y ahora no sabía si iba a ser capaz de sobrevivir para buscarla. Le faltaban las fuerzas, cesó en su intento de ir hacia los árboles, y cayó sobre el suelo de barro con las manos en el rostro.
De manera involuntaria, o quizás, por una vez, de manera consciente y necesaria, comenzó a llorar. No podía con esa situación, estaba siendo superado por su impotencia, una de sus lágrimas resbaló por su mejilla, cayendo contra el suelo y feneciendo en el acto. Un fuerte grito siguió a esa lágrima, cuyos restos se extendieron por el suelo de barro. Ese grito… era igual que el que había oído cuando se internó en el bosque, era de ella. Hubiera jurado que era de ella, de quien estaba buscando. Decidió levantarse, seguir caminando hacia delante, a merced de lo que aquel bosque le tuviera reservado. Comenzó a andar de nuevo, con un paso lento pero firme, decidido. Su marcha iba bien y ahora que se había levantado, no pararía hasta morir. Entonces, encontró algo en el camino que, sin duda alguna, cambiaría de dirección su rumbo.

Capítulo Segundo

Desde que la conocí, los años, la madurez y mis vivencias me han enseñado infinidad de cosas que hace tan solo un rato ignoraba. Redactar dichos momentos en forma de autobiografías anónimas me hizo seguir creciendo como escritor y como persona.
Hoy por hoy, no soy más que la mezcla de todos los “te quiero” olvidados, quizás por culpa del tiempo, quizás por mi mala memoria. Soy las veces que caí, empujado por el viento, o tan solo soy los ratos de soledad, enmarcados por las letras de mi obra. Pero si de algo estoy seguro es de que soy, desde que la conozco, y que antes era materia mundana, que ahora muero por tenerla y perezco sin encontrarla. Soy Fernando Cañete, y esta es mi historia…

El mar estaba en calma. El viento soplaba lento y pausado, y mecía con cuidado las hojas de los árboles. Los copos de nieve que acompañaban el aire se depositaban lentamente sobre las tiernas copas, que resistían con entereza el peso del manto blanco sobre sus cumbres. El faro seguía alumbrando el crepúsculo, en busca de algún barco descarriado que necesitase de su ayuda, para poder llegar a un puerto, que en ese momento estaba vacío por la ausencia de los pesqueros que habían zarpado horas antes. El pueblo, encallado en la ladera de una montaña, no podría ofrecer mejor visión que la que el mirador otorgaba. Él, había subido allí hacía una hora aproximadamente, en busca de algo de tranquilidad y crudeza a la hora de cavilar. Aunque estaba protegido por un forro polar, el frío calaba en sus huesos sin piedad alguna, y eso le hacía tiritar de vez en cuando. Todavía no había conseguido sacar nada en claro, respecto a aquel mensaje que había recibido la noche anterior…

“Hola Robert. ¿Qué tal va la noche? Espero no haberte despertado. Verás, necesito hablar contigo. He estado pensando… y quizás debamos cambiar la situación actual. Creo que sería lo mejor para los dos. Te espero en el puente de la estación a las 9 en punto. No me falles. Un beso.”

El mensaje le había llegado estando en la cama. Esa noche había decidido no salir. Su cuerpo le pedía tiempo para descansar, y decidió otorgárselo en vísperas de la fiesta de fin de año que le esperaba en un par de días.
No entendía el sentido de despertarle a esas horas. Su relación estaba pasando por un momento de ciertas turbulencias. Hacía días que no se veían, él había estado trabajando y ella le había estado esperando. Pero al parecer, se había cansado de esperar, y, ahora quería marcharse. Pero, ¿adónde? ¿Acaso existía algo más que ese pueblo? ¿Había algo más allá de aquel bosque, o de aquel mar? ¿Existía algo más que aquel horizonte de soledad, que se cernía sobre la vida de ese pueblo?

La vista desde aquel mirador era embriagadora. El amanecer, las tiernas olas pereciendo contra las rocas, los copos de nieve cayendo en la orilla, y el agua del mar engulléndolos. La imagen de su último beso en ese mismo lugar, le estaba provocando caer en un bucle de tristeza, en el que la melancolía y la impotencia se entrelazaban, asfixiándolo, oprimiéndole el pecho, y haciéndole acometer un esfuerzo inhumano para no romper en llanto sobre aquella valla de acero oxidado.
Entonces, la imagen de una silueta subiendo las escaleras en dirección al mirador, le dispersó por un segundo el mensaje de la cabeza. En la bifurcación que divide el camino en dos direcciones :(hacia el mirador, o hacia la estación), vio cómo la silueta se dirigía hacia su posición. No conseguía verle la cara al desconocido, ya que gracias a una capucha, llevaba la cabeza resguardada de la nieve. Pensó en marcharse de allí, había algo en ese ser que le resultaba familiar. Ya lo había visto antes. O mejor dicho, ya la había visto antes. Últimamente rondaba sus sueños cada noche. Aparecía sin más y, tras un rato mirándole, volvía a marcharse, desapareciendo. Sin darse cuenta, la figura había llegado ya a su posición, y se encontraba frente a él, observándole en silencio.
Se quedó paralizado, no sabía cómo reaccionar, y no se hacía idea alguna de qué iba a hacer ella. Decidió lanzarse e intentar aclarar la situación.

- ¿Qué quieres de mí?
- Que la olvides – su voz sonó femenina y sensual, embriagando a Robert rápidamente.- Quiero que lo dejes todo, y vengas conmigo. Últimamente te he estado observando. Sé que me miras. Sé que más de una vez me has tocado sin darte cuenta, y que otras veces, ibas buscando ese roce. Soy lo que siempre has estado buscando Robert, y ahora quiero que estés conmigo.
- No puedo hacerle eso. Sabes que la quiero; si soy quien soy, si he logrado lo que he logrado, ha sido gracias a ella.
- ¿Acaso no has leído el mensaje? Ambos sabemos que ella se va a marchar, y que no puedes hacer nada para evitarlo. Aún puedes decidir venir conmigo, y llevar una vida plena, una vida de felicidad. Se acabaron esas noches en las que nada importa, puesto que yo no te dejaré marchar. Te haré el hombre más feliz del mundo Robert, y sólo tienes que venir conmigo. De otro modo, te quedarás solo, sin saber qué hacer, y el final no dejará conforme a nadie. ¿Qué te parece?
- Una gran mentira. Tú no tienes ni idea de lo que soy. La amo, y la necesito. No la pienso dejar marchar, y menos por ti.
- ¿¡Cómo puedes ser tan ingenuo!?- su tono, había dejado de ser tierno y dulce, para pasar a ser arrogante y amenazador- Llevas ignorándola meses, ya prácticamente no la ves, y cuando lo haces, es durante poco tiempo. Has dejado de quererla, y por fin eres feliz. No te la mereces.
- Estoy harto de que me digas lo que me merezco y lo que no. Estoy cansado de que todos me lo digáis. Yo la quiero, y prefiero compartir mi desgracia con ella, a llevar una vida superficial y falsa contigo. Me niego a caer una vez más en tu juego. Mi felicidad no reside en mi sonrisa, si no en mis momentos con ella. Y si no eres capaz de entender eso, lo mejor será que te marches.
- ¡Qué equivocado estás! Pero, en fin, qué le vamos a hacer. El que nace ignorante, muere ignorante. Mañana amanecerás solo, y solo te quedarás el resto de tus días. No me volverás a ver, no sabrás de mí. Pero oirás hablar de mí en bocas ajenas, y eso amargará tus días por siempre. Adiós, Robert.

El viento sopló con más fuerza, y la nieve se llevó aquella voz que tanto odiaba. Cayó rendido, apoyando su espalda contra la valla. Se llevó las manos a la cara, intentando secarse las lágrimas. Aquella presencia le había dejado exhausto, y el sueño hizo mella en él rápidamente. Cerró los ojos y se sumergió en su mundo una vez más…
Capítulo Tercero

No tardó más de un segundo en reaccionar ante aquel estímulo que provenía del bosque. Comenzó a correr sin dar tiempo siquiera a explicaciones de por qué se iba a adentrar a la carrera entre la vegetación.
Cuando llegó al punto en el que nacía el ejército de árboles, apreció de que no tenía la menor idea de por dónde se la habrían llevado. Decidió seguir recto, a expensas de lo que le deparara aquella aventura inesperada y vital para poder rescatarla a tiempo. Sin más demora, recobró su marcha atlética para adentrarse en la penumbra del bosque.
En su carrera apartaba los cientos de arbustos y ramas, que le golpeaban sin piedad alguna el torso y las piernas. Cuanto más se adentraba en la espesura de aquel laberinto compuesto de follaje, menos vislumbraba las luces que provenían de fuera. Llegó el momento en el que perdió de vista a la Luna, y sólo podía observar cómo árboles le devoraban lentamente.
Prosiguió su marcha a tientas, procurando no tropezarse con alguna rama que sobresaliera del suelo, o con cualquier cosa que estorbara el camino recto que estaba dispuesto a recorrer. Se percató de que no había oído nada más que sus pisadas durante el recorrido. Ninguna voz había salido de la penumbra de la noche para indicarle el camino correcto, ni siquiera ella había proferido ningún grito más. No escuchaba ningún sonido que pareciera animal, ni los grillos parecían querer cruzarse en su camino.
Tras un período de diez minutos de correr contra el silencio y la soledad, llegó a una explanada, en cuyo comienzo decidió parar.
Aquel lugar, era algo así como un terreno circular, rodeado de aquella melé de troncos y ramas, y que una vieja casa, aparentemente abandonada por su paupérrimo aspecto, habitaba en el medio.
Al cabo de un minuto, observando la situación, y decidiendo cuál debía ser su siguiente paso, una luz en el interior de la casa tomó posesión de la atención de Robert. Pensó que quizás ella estuviera allí dentro. Sin embargo, la idea de adentrarse en la casa sin más protección alguna que su coraje, no le agradaba en exceso.
Un grito emergió entonces del interior de la casa, lo que hizo que Robert emprendiera una carrera hasta allí. Recorrió la distancia que les separaba en un tiempo relativamente corto, y de un empujón logró abrir la puerta que, en un principio, se presentaba robusta. En su interior, un estrecho rellano fue el encargado de recibirle. El aspecto de la casa por dentro, era igual de tétrico que por fuera. Le resultó llamativa la idea de que ese recibidor no tenía ni puertas ni ventanas. Tan solo tenía una escalera, que llevaba a la segunda planta. Escuchó un grito de nuevo, y entonces se dio cuenta de que ella estaba encima de su cabeza. Ilusionado, subió a toda prisa la escalera, que le llevó hasta un paisaje decepcionante: era una sala vacía, con tan solo una silla en medio de la estancia. Era imposible apreciar si había alguien sentado, puesto que el respaldo de la silla era de un tamaño suficiente como para ocultar a una persona. Comenzó a andar en dirección a la silla, rodeándola con cierto margen, para poder observar si había alguien sentado, y tener tiempo para correr si fuese necesario.
Su sorpresa fue mayúscula, cuando encontró sentada a quien fuese su pareja hacía un tiempo, justo antes de conocer a la persona por quien estaba en esa situación.

- Me alegra que hayas vuelto, estaba muy preocupada por ti –Robert detectó rápidamente el tono irónico que reinaba en su voz.
- ¿Dónde está ella?
- ¿De quién me estás hablando? No sé nada de ella, tu sabrás, estaba contigo ¿no es cierto?
- Basta de juegos. Como no me digas ahora mismo dónde está…
- ¿Qué vas a hacer, abandonarme una vez más? –la ironía seguía siendo clave en su tono, y Robert no lo pasó por alto.
- Escúchame bien bruja. Estoy harto de tus mentiras. Dime dónde está o acabo contigo aquí mismo
- ¿Serías capaz de hacer eso a quien te enseñó a amar?
- Tú no me enseñaste nada. Me obligaste a refugiarme en tus mentiras, en tu juego. Pero ya no seré más tu muñeco, tu falso amor no será más mi escudo.
- ¿Reniegas de quien te dio la vida, Robert? ¿Estás renegando de tu amor verdadero?
- ¡Basta! Pienso acabar con esto de una vez, –se dirigió hacia ella, y la agarró de la pechera- ¡dime dónde la guardas!
- No te diré ni una sola palabra hasta que no admitas que me amaste más de lo que nunca has amado a nadie, por que yo sí te amaba, Robert.
- Sigues mintiéndome, igual que entonces.

Sin pensárselo dos veces, llegó corriendo al nacimiento de la escalera, y bajó de dos en dos los peldaños, para salir cuanto antes al exterior, para poder proseguir su camino.
Cuando salió a la explanada de nuevo, pudo ver cómo de la habitación donde antes había luz, se abrían paso las llamas que devoraban la silla de la sala en la que había estado un minuto atrás. Su antiguo amor se habría quemado dentro, pero eso ya no le importaba. Estaba dispuesto a acabar con todo aquello que lo separaba de ella, todo aquel mundo falso y de apariencias, que sólo le traía distancia de su amada. Comenzó a correr de nuevo, en dirección al bosque. Una vez se internó entre la maleza, fue consciente de que estaba realmente cansado, pero sabía que no podía parar a descansar, no tenía tiempo. Siguió corriendo, pero la visión se le fue haciendo más y más borrosa. Al final acabó cediendo, cuando tropezó con una rama. Cayó de bruces contra el suelo y perdió la conciencia abrazado a un árbol, en su intento por volver a ponerse en pie…

Capítulo cuarto

El encontrarse y poder mirar de frente al que siempre fue su mejor amigo, le provocaba una sensación un tanto incómoda. Aunque ya era consciente de que en aquel lugar todo carecía de sentido aparente, ese detalle le producía una presión inhumana en el pecho. Habían sido amigos desde siempre, hasta el día en que Robert la conoció. Entonces se empezaron a distanciar, hasta el punto en que dejaron de hablarse. Su ex amigo la odiaba profundamente por haberles separado, y nunca le había perdonado a Robert el haberla elegido a ella.
Decidido a ignorar aquella presencia, sacó valor de donde ya sólo le quedaba desesperanza e ira, y continuó su camino de frente, sin pararse a saludar, sin dirigirle la mirada. Robert se había enterado al poco de dejar de hablar con él, que éste hablaba mal sobre él a sus espaldas, y que en cierto modo, lo que sentía era envidia por la felicidad que Robert tenía al estar al lado de ella. Una vez lo hubo superado, comenzó a correr por la senda, intentando alcanzar ese horizonte, que se hacía eterno. Tras varios minutos corriendo, decidió parar y mirar hacia atrás, para percatarse de si le había seguido, o si había preferido quedarse en el sitio sin hacer nada, como siempre hizo cuando Robert le necesitó de verdad. Fingiendo una expresión de asombro, comprobó que no le había seguido. Al mirar al frente de nuevo, sin embargo, la sorpresa fue real. Estaba allí, apoyado en un árbol, mirándolo desafiante.
Eso dejó bloqueado a Robert por completo. No sabía si dirigirle la palabra, o simplemente volver a salir corriendo. No tenía claro si debía enfrentarse a él, no sabía si en realidad, todo fue por culpa suya. No estaba seguro…
- Es la hora de saldar ciertas cuentas, Robert.
Esta vez, no le había dado tiempo a dar el primer paso. Se acercó con lentamente pero decidido a Robert…
Capítulo quinto

- Robert, despierta.
La dulce voz de su amada, le despertó de su letargo. Estaba arrodillada a su lado, mirándolo a los ojos con una expresión de preocupación. Él la cogió de la mano, y se incorporó, quedando en frente de ella. Necesitaba que le explicara por qué quería marcharse. Él no quería que se fuera, pero también sabía que no podía dedicarla el tiempo que un amor como el suyo necesitaba.
- No quería llegar a este punto Robert, pero esto no puede seguir así. Creo que lo mejor es que nos demos un tiempo para poder reflexionar sobre de lo nuestro.
- Pero yo no quiero que te vayas, sé que he estado demasiado distante estos días, pero he tenido muchas cosas que hacer. Te prometo…
- No me prometas nada más, Robert. Los dos sabemos que no lo puedes cumplir. Llevamos meses viéndonos solo una o dos veces, y sería egoísta seguir con esto. Yo no quiero que sufras por mí, y también estoy cansada de sufrir por ti en vano. Adiós Robert, espero que encuentres alguien mejor que yo.
- No digas eso…
Las lágrimas brotaron de sus ojos, mientras ella se iba en dirección a la estación, en la orilla del bosque. Él por su parte, destrozado anímica y físicamente, emprendió su viaje de vuelta a casa. Prefirió no pedirle más explicaciones, él le estaba haciendo daño, y ella tenía derecho a marcharse. La había fallado, y no se lo iba a perdonar jamás. Entonces, escuchó un grito proveniente del bosque. Era de ella, estaba seguro, ella había gritado. Sin pensárselo dos veces, comenzó a correr a por ella…


Capítulo sexto

- ¿Qué haces aquí?
- He venido por ti. He creado todo esto, solamente para vengarme de lo que me hiciste. Ha llegado tu hora, viejo amigo.
- No tiene sentido que hagas esto ahora. Tú fuiste el que me traicionó a mí, nunca estaba si te necesitaba, tu amistad era falsa.
- No Robert, ¿quién sino yo estuvo ahí cuando te faltaba la inspiración, cuando no eras capaz de escribir?
- Tu único consejo fue que lo dejara, me dijiste que no valía para escribir, y que me merecía algo más que su amor. Siempre quisiste verme infeliz.
- ¿Qué? ¿Quién fue el que me dejó de lado por la primera que te hizo un poco de caso, que te “quería”? Fuiste un cobarde y un falso, un traidor hacia tu mejor amigo.
- ¡Cállate!- en ese momento, Robert soltó un puñetazo, que acertó de lleno en la cara de su ex amigo.
Este le respondió con un golpe que sus costillas intentaron parar, pero que terminaron cediendo ante semejante fuerza. Sin más dilación, el otro puño impactó en la cara de Robert, tirándolo al suelo, y dejándolo tendido.
- Vamos a jugar un poquito Robert.
Tras decir esas palabras, ambos aparecieron en un cuarto cuadrado. En su interior, había diferentes pantallas, rellenas de imágenes en las que se podía ver a Robert sentado en su escritorio, con la luz apagada, solamente alumbrado por su lámpara. Estaba escribiendo algo en un papel, y en cada pantalla, escribía algo distinto.
- Ese eres tú Robert. Y esas… tus reacciones ante tu impotencia a la hora de escribir algo decente.
Ahora se podía observar, diferentes gestos violentos en cada una de las pantallas. En una, tachaba todo lo que había escrito con rabia, en otra, arrugaba la hoja de papel y la tiraba al suelo. En otra distinta, se levantaba de la mesa, y le propinaba una patada a la silla…
- Ella sólo te traía crispación, odio, rencor. Te hacía recordar toda tu penuria pasada, la vida que tenías. Vamos Robert, te hizo débil, te hizo propenso al dolor. Tú no eras así.
- Ella no me ha convertido en nada, ella sólo me ha enseñado a poder gritar sin miedo, ella me ha enseñado a descubrir la mentira, me ha enseñado a derrocar al dolor, me ha enseñado a amar- poco a poco, se iba levantando, ante el asombro de su antiguo amigo-ella me ha enseñado tus mentiras, tu falsa amistad, me ha mostrado el interesado amor, y la felicidad superficial. ¡Se acabó tu imperio de falsedad, porque pienso acabar con todo eso que me ataba a la tristeza!
En ese instante, Robert se abalanzó sobre su ex amigo, agarrándole del cuello. No tardó mucho en acabar con aquello, puesto que su amigo se fue convirtiendo en arena lentamente. Robert se incorporó, soltando aquella presencia de la que ya solo quedaba polvo. Miró hacia el fondo de la estancia, buscando con la mirada a su amada. Allí estaba, vestida de un blanco impoluto. Entonces, una potente luz salió de detrás de ella, llenando la habitación al instante, cegando por un momento a Robert.

Capítulo séptimo

Todo lo material que llenaba la habitación desapareció. Y, al parecer, todo lo material en general se esfumó como por arte de magia de ese mundo surrealista, que ahora estaba lleno de nada, vacío. La miró a los ojos y no pudo contener una lágrima. Había renunciado a todo por ese momento con ella. Había dado su anterior vida, la vida fácil, la vida sencilla, la que estaba llena de mentiras y parecía tan real, que ocultaba su falta de amor con unas apariencias que no beneficiaban a nadie. Había conseguido superar ese escollo que separa a la gente conformista de los emprendedores. A los que basan su vida en una ideología y a los que nacen con cada nuevo sentimiento. Por fin había recuperado eso que el interés le había robado al nacer. Eso que le definía como era, su obra, su letra, su palabra… pero, ante la atónita mirada de Robert, se desvanecía.

Capítulo Octavo

Al final, cumplió su promesa. El viento que apareció de repente, se la llevó. Su última imagen fue la de ella guiñándole un ojo, como siempre hacía cuando se despedían. Robert se dio cuenta de que en el lugar donde había estado el cuerpo de su amada hacía un minuto, reposaba un sobre blanco. Fue hacia él y, al recogerlo, fue consciente de que había una carta dentro. La abrió y la leyó atentamente;
“Hola Robert. Quiero pedirte disculpas por la forma en que me voy, pero te considero capaz de seguir viviendo sin mí. Has demostrado tu entereza, coraje y valor. No has perdido la cordura ante mi falta, y has sabido luchar por lo que quieres. Es hora de que emprendas tu camino solo, y rellenes con palabras este mundo vacío, en blanco, que te doy. Te quiero, Robert. Tu amor por siempre, tu musa.”
Ahora lo entendía todo. Ahora todo había sido alumbrado, y la sombra de la ignorancia se desvanecía. Ella había cumplido con su parte, le había enseñado a ser capaz de vivir sin ella, de poder componer sin su presencia, y ahora él debía agradecérselo, continuando con su obra…
Me llamo Fernando Cañete, y esta es la historia del escritor que perdió la inspiración, la cuál le enseñó a través de su pérdida, a escribir sin tenerla cerca.

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